miércoles, 18 de febrero de 2026

Volver a Dios, volver a vos, volver a mi hermano

Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: 
"Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; 
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, 
trátame como a uno de tus jornaleros". 
Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
 
(Lc 15, 18-20)

Volver. Es un verbo con muchos usos cotidianos, con muchas acepciones. Como verbo es una acción, implica un movimiento. Es un movimiento de retorno, de dar la vuelta, de retomar algo, de poner (o ponerse) en un estado que previamente se tenía, de cambiar, rehacer, y la definición que más me gustó: ir al lugar de dónde se partió.

Volver, en el plano humano, es un movimiento externo que surge desde el interior, desde la voluntad y el afecto. Volvemos porque queremos, porque algo en nuestro yo profundo, en lo que llamamos corazón, nos dice “volvé”. Volvemos donde hemos sido felices, donde nos han querido y donde hemos querido. Volvemos hacia quiénes amamos. Volvemos a los paisajes y los caminos que nos han llenado de vida. Volvemos, no como nostalgia de un pasado, sino como afirmación identitaria de quiénes somos: soy del lugar y de las personas a dónde vuelvo.

¿Quién sería si no vuelvo a mi hogar? ¿O no volviese a mis padres, hermanos, amigos? ¿Quién soy si no vuelvo a mí mismo? ¿Quién soy si no vuelvo mi mirada y mi ser todo a quién me dio el ser: Dios? Si no vuelvo, no soy. Si no vuelvo, pierdo las coordenadas de mi existencia. Si no vuelvo, vago en el devenir del mundo, en las circunstancias, en las efímeras emociones y placeres que sedan y aturden mi identidad.

Como Iglesia iniciamos un tiempo bellísimo que no tiene que entenderse solo o prioritariamente desde la falta (parquedad, ayuno, silencio, sacrificio, llanto), sino más y mejor de lo que estamos llamados a obtener, a alcanzar: volver a Dios, a nosotros mismos y a nuestros hermanos.

Volver a Dios, de quién venimos y hacia quién vamos. Re-ligarnos a Él. Volver a reconocernos como hijas e hijos suyos. Volver nuestra mirada a lo trascendente, a quién y en quién se sostiene toda existencia. Volver desde el afecto y la voluntad. Volver desde las prácticas diarias que nos acercan más y más a Él: la oración, los ritualitos, las celebraciones, los sacramentos, los lugares y personas que hacen concreto nuestra vuelta a casa.

Volver a vos, a tu propio ser, a tu interioridad. No existe nadie más cercano a vos que tú mismo, y tan poco lugar damos al encontrarnos, al ver nuestro propio rostro, a darnos cariño, a cuidar de lo que soy y de quién soy. Volver queriéndome. Volver cuidándome. Volver haciéndome bien, sanando mis heridas, y pidiendo ayuda ante mis límites y fragilidades. Volver y así descubrir la maravilla, la preciosura, el tesoro invaluable de quién soy.

Volver a los hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios como yo lo soy, tesoros invaluables como yo también soy. Volver despojado de toda pretensión. Volver a brazo tendido. Volver porque soy en el nosotros. Volver en la ayuda, en el perdón, en el don de sí. Volver en la mesa compartida, en la risa contagiosa, en la fiesta, el canto y la danza. Volver a mi familia, amando a mis hijos, mis padres, mis hermanos. Volver a mi trabajo, a mis amigos, a mis vecinos. Volver a mis conciudadanos. Volver a mirar a los ojos de mis hermanos pobres, enfermos, solos, rotos, en situación de vulnerabilidad. Volver a ellos y ellas. Cerrar el círculo del amor. Porque son hermanos. Porque somos hijos e hijas de un mismo Padre. Porque ellos son en mí, y yo soy con ellos.

Volvé. Volvamos. Y festejemos juntos.