
Los Trump, los Maduro, los Putin, los Ji Ping, los Milei, los Netanyahu (agregá a la lista a todos los que detentan el poder mundial o de tu país). Ellos no se diferencian en nada de los Alejandro, Julio César, Nabucodonosor, Ciro, Darío, Ramsés, y el títere mediocre de Herodes que gobernaba con mano de hierro (en su locura por no perder poder) la tierra de Judea cuando nació Jesús.
Los de antes y los de ahora son tristes hombres. Triste es también nuestra humanidad que estos tristes hombres la gobiernan y le hacen sentir su poder. Triste es el ansia de poder y de dominio que anida en el corazón humano, envilecido por la pretención de ser como Dios.
Viendo sus rostros, escuchando sus declaraciones, atendiendo a sus preocupaciones, también puedo decir como una artista conocida: “Qué peligroso, qué triste”. Peligroso y triste porque, como dice otra famosa frase “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Peligroso porque el gobernar se volvió un juego de intereses y de negocios. Peligroso porque, como en la acertada película “Don´t look up”, los menos que tienen los recursos (materiales, políticos, tecnológicos, mediáticos) solo piensan en cómo sacar rédito de las crisis mundiales, cag*ndose en el resto de la gente. Y eso es lo triste, lo más triste.
No me compadezco de Maduro ni convalido las acciones criminales de Trump contra Venezuela de estos días. Estos acontecimientos son signos de este tiempo que nos deben llevar a mirar compasivamente, una vez más, a los hijos de la tierra. Ellos y ellas no son de este o de aquél país; ellos y ellas son venezolanos, yanquees, argentinos, palestinos, israelíes. Ellos y ellas son más allá de toda facción geopolítica o sociológica. Ellos y ellas también estuvieron antes y hoy están…
Son los anónimos, los que labran la tierra, los que esperan que llueva, los que se levantan a las cuatro de la mañana para viajar dos horas a su trabajo mal pago, los rotos por las adicciones (de la droga que comercializan los poderosos), los que migran en busca de estar mejor ellos y sus hijos, los que han sido desplazados de sus casas por la guerra, los soldados que son soldados no por querer matar o morir sino porque también necesitan llevar un plato de comida a sus casas, los enfermos en los hospitales, los discapacitados, las maestras, los médicos, las enfermeras, los que recogen la basura de nuestras casas, y un largo, larguísimo etcétera. ¡Ellos y ellas son dignos de admiración, de compasión, y por tanto son merecedores de la más inmensa alegría!
Sí, los hijos de la tierra merecen paz y felicidad contra todo peligro y tristeza herodiana. Merecen que no se c*guen en sus derechos. Merecen ingresos dignos y suficientes como para que en su mesa no falte el pan que alimenta, pero tampoco falte el vino de la alegría. Merecen ser libres de las fronteras que nos encorsetan; y no solamente las fronteras de los países, sino los mil y un márgenes que nos dividen socialmente. Merecen una democracia real y no la caricatura democrática que hoy vivimos. Merecen ser atendidos y considerados dignamente cuando llegan a un hospital, o a una universidad, o al juzgado, o donde sea. Merecen que el dinero que los Estados recaudan vuelva hacia ellos para bien suyo… vuelva más directamente y no en giros acrobáticos del mundo financiero donde los que más tienen vuelven a quedarse con todo (y el pobre solo se queda con lo que no le quitaron). Merecen un trabajo digno, estudio digno, salud digna, vacaciones y tiempo libre suficiente. Merecen ser felices y punto.
Merecen y merecemos. ¡Todos lo merecemos! Vos, yo, todos. La sangre de Abel, el grito de los hijos de la tierra clama al cielo. En el pobre niño de Belén el grito de los hijos de la tierra fue asumido para siempre como causa divina. Dios ya eligió en Jesús habitar entre nosotros identificándose como pobre hijo de la tierra, contra los Herodes de este mundo. Allí se ha de gestar la revolución del Reino, la Civitas Dei: en la paz y la felicidad de (desde y con) los hijos y las hijas de la tierra.