martes, 24 de febrero de 2026

En el secreto de tu habitación

Recomendaciones de cerraduras de llave comunes para puertas de dormitorios  y armarios antiguos en mi casa (habitaciones del anfitrión, no habitaciones  alquiladas) : r/AirBnBHosts 

Cuando ores, retírate a tu habitación, 
cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; 
y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
(Mt 6, 6)

Vivimos en una época de hiperexposición. Algunos análisis expresan que el 2010 ha marcado un quiebre en lo que respecta a nuestro habitar mediático. ¿Qué fue lo que pasó ese año? La aparición de la cámara frontal en los celulares. Si bien ya desde un tiempo atrás habían dado inicio las redes sociales como Facebook, la multiplicación de los dispositivos electrónicos a casi todo el mundo, sumado a la facilidad para transmitir imágenes, ya sean fotográficas o videos, en donde el principal protagonista pasaba a ser uno mismo, generó una revolución que no es solamente comunicacional. Cambió el modo de ver el mundo, de vernos a nosotros mismos, de querer que nos vean o de cómo queremos ver la realidad para que sea expresada en HD o en 4K. Ello trajo aparejado nuevos consumos y nuevas afecciones (angustias, ansiedades, depresión, aburrimiento, y en el peor de los casos abusos, adicciones, suicidios). Estamos, sin lugar a dudas, inmersos en la cultura de la imagen; ya no una imagen realista, sino en la hiperrealidad, en la búsqueda de lo atrayente, de lo disruptivo, de lo consumible, de lo apetitoso, de la novedad constante que desaparece y vuelve a aparecer en cada scroll de la pantalla.

En este mundo mediático, el mal, la enfermedad, la pobreza, el hambre y la muerte son materia tabú. Son, en general, materia ajena, de otros que lo viven, pero no quién comparte su propia “vida”: una vida que se muestra gozosa, paradisíaca, envidiable. Vender pálidas no da rédito. Aún quién sufre el dolor de la enfermedad tiene que aparecer fuerte, feliz, animado. En esta parte del mundo, en las redes, queremos olvidarnos por un momento de todas las pálidas; por eso nos entretenemos con bailes, mascotas y memes. En ese recorte, hay un mundo otro que queda irremediablemente afuera.

Jesús no conoció celulares ni redes sociales, pero conocía muy bien el corazón del hombre. Una de las malas actitudes que más condenó a los de su generación, en particular a los fariseos y personas reconocidas socialmente, ha sido la hipocresía. Es decir, fingir ser quién no soy, ser falso, vender una imagen y obtener con ello reconocimiento. A Jesús le reventaba la hipocresía. Así sin más. “No sean como los hipócritas – repetía – que van pregonando de aquí para allá cuando hacen algo bueno; o que rezan en lugares públicos para ser vistos; o muestran cuánto se sacrifican con el ayuno que practican”. Hoy la hipocresía también está de moda, y tiene una enorme pantalla en donde se magnifican una y otra vez las apariencias que buscan ser reconocidas. Y muchos caemos; aquí no tenemos que ver para otro lado. En esta cultura de la imagen, nosotros somos los primeros que hemos de examinar nuestra conciencia para convertirnos de nuestras hipocresías.

Junto a la condena de la hipocresía, Jesús nos da el remedio para combatirla: “Que tu mano izquierda ignore lo que hace tu derecha; reza en secreto, en la soledad de tu habitación; sacrifícate y ayuna en silencio, sin pretender ser visto por nadie más que por Dios, tu Padre”. ¡Qué cachetada a nuestra cultura actual! Obrar el bien en el anonimato y hasta siendo ignorados; rezar en secreto y en soledad; no buscar en nada ser visto ni recompensado por el parecer ajeno. Aquí, ciertamente, Jesús nos alecciona para purificar nuestras acciones, nuestra oración, nuestro propio ser. No ser en atención a los demás, o que mi vida valga si soy visto y reconocido, si soy apreciado y valorado por los likes que recibo. No. Jesús quiere que entendamos y vivamos desde el amor incondicional del Padre, en quién somos; y que seamos y nos valoremos desde nuestro propio e invaluable ser y existir. No necesitamos que alguien nos diga cuánto valemos; valemos y mucho, por el simple hecho de ser, y más aún por ser hijos e hijas de Dios. Valemos en nuestra pobreza, en nuestra enfermedad, en nuestra poca esteticidad. No valemos desde la perfección de la apariencia del mundo, sino desde la inconmensurable dignidad de hombre y de mujer, de hijo y de hija amada.

Por ello, una vez más, y en este tiempo propicio de la cuaresma: ama sin medida ni pretensiones, ora en el secreto de tu habitación, perfuma tu cabeza y lava tu rostro (date cariño), porque eres hermoso, eres hermosa, eres hijo e hija de Dios, y sólo eso basta. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Volver a Dios, volver a vos, volver a mi hermano

Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: 
"Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; 
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, 
trátame como a uno de tus jornaleros". 
Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
 
(Lc 15, 18-20)

Volver. Es un verbo con muchos usos cotidianos, con muchas acepciones. Como verbo es una acción, implica un movimiento. Es un movimiento de retorno, de dar la vuelta, de retomar algo, de poner (o ponerse) en un estado que previamente se tenía, de cambiar, rehacer, y la definición que más me gustó: ir al lugar de dónde se partió.

Volver, en el plano humano, es un movimiento externo que surge desde el interior, desde la voluntad y el afecto. Volvemos porque queremos, porque algo en nuestro yo profundo, en lo que llamamos corazón, nos dice “volvé”. Volvemos donde hemos sido felices, donde nos han querido y donde hemos querido. Volvemos hacia quiénes amamos. Volvemos a los paisajes y los caminos que nos han llenado de vida. Volvemos, no como nostalgia de un pasado, sino como afirmación identitaria de quiénes somos: soy del lugar y de las personas a dónde vuelvo.

¿Quién sería si no vuelvo a mi hogar? ¿O no volviese a mis padres, hermanos, amigos? ¿Quién soy si no vuelvo a mí mismo? ¿Quién soy si no vuelvo mi mirada y mi ser todo a quién me dio el ser: Dios? Si no vuelvo, no soy. Si no vuelvo, pierdo las coordenadas de mi existencia. Si no vuelvo, vago en el devenir del mundo, en las circunstancias, en las efímeras emociones y placeres que sedan y aturden mi identidad.

Como Iglesia iniciamos un tiempo bellísimo que no tiene que entenderse solo o prioritariamente desde la falta (parquedad, ayuno, silencio, sacrificio, llanto), sino más y mejor de lo que estamos llamados a obtener, a alcanzar: volver a Dios, a nosotros mismos y a nuestros hermanos.

Volver a Dios, de quién venimos y hacia quién vamos. Re-ligarnos a Él. Volver a reconocernos como hijas e hijos suyos. Volver nuestra mirada a lo trascendente, a quién y en quién se sostiene toda existencia. Volver desde el afecto y la voluntad. Volver desde las prácticas diarias que nos acercan más y más a Él: la oración, los ritualitos, las celebraciones, los sacramentos, los lugares y personas que hacen concreto nuestra vuelta a casa.

Volver a vos, a tu propio ser, a tu interioridad. No existe nadie más cercano a vos que tú mismo, y tan poco lugar damos al encontrarnos, al ver nuestro propio rostro, a darnos cariño, a cuidar de lo que soy y de quién soy. Volver queriéndome. Volver cuidándome. Volver haciéndome bien, sanando mis heridas, y pidiendo ayuda ante mis límites y fragilidades. Volver y así descubrir la maravilla, la preciosura, el tesoro invaluable de quién soy.

Volver a los hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios como yo lo soy, tesoros invaluables como yo también soy. Volver despojado de toda pretensión. Volver a brazo tendido. Volver porque soy en el nosotros. Volver en la ayuda, en el perdón, en el don de sí. Volver en la mesa compartida, en la risa contagiosa, en la fiesta, el canto y la danza. Volver a mi familia, amando a mis hijos, mis padres, mis hermanos. Volver a mi trabajo, a mis amigos, a mis vecinos. Volver a mis conciudadanos. Volver a mirar a los ojos de mis hermanos pobres, enfermos, solos, rotos, en situación de vulnerabilidad. Volver a ellos y ellas. Cerrar el círculo del amor. Porque son hermanos. Porque somos hijos e hijas de un mismo Padre. Porque ellos son en mí, y yo soy con ellos.

Volvé. Volvamos. Y festejemos juntos.

miércoles, 7 de enero de 2026

Los hijos de la tierra contra los Herodes del mundo

Los Trump, los Maduro, los Putin, los Ji Ping, los Milei, los Netanyahu (agregá a la lista a todos los que detentan el poder mundial o de tu país). Ellos no se diferencian en nada de los Alejandro, Julio César, Nabucodonosor, Ciro, Darío, Ramsés, y el títere mediocre de Herodes que gobernaba con mano de hierro (en su locura por no perder poder) la tierra de Judea cuando nació Jesús.

Los de antes y los de ahora son tristes hombres. Triste es también nuestra humanidad que estos tristes hombres la gobiernan y le hacen sentir su poder. Triste es el ansia de poder y de dominio que anida en el corazón humano, envilecido por la pretención de ser como Dios.

Viendo sus rostros, escuchando sus declaraciones, atendiendo a sus preocupaciones, también puedo decir como una artista conocida: “Qué peligroso, qué triste”. Peligroso y triste porque, como dice otra famosa frase “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Peligroso porque el gobernar se volvió un juego de intereses y de negocios. Peligroso porque, como en la acertada película “Don´t look up”, los menos que tienen los recursos (materiales, políticos, tecnológicos, mediáticos) solo piensan en cómo sacar rédito de las crisis mundiales, cag*ndose en el resto de la gente. Y eso es lo triste, lo más triste.

No me compadezco de Maduro ni convalido las acciones criminales de Trump contra Venezuela de estos días. Estos acontecimientos son signos de este tiempo que nos deben llevar a mirar compasivamente, una vez más, a los hijos de la tierra. Ellos y ellas no son de este o de aquél país; ellos y ellas son venezolanos, yanquees, argentinos, palestinos, israelíes. Ellos y ellas son más allá de toda facción geopolítica o sociológica. Ellos y ellas también estuvieron antes y hoy están…

Son los anónimos, los que labran la tierra, los que esperan que llueva, los que se levantan a las cuatro de la mañana para viajar dos horas a su trabajo mal pago, los rotos por las adicciones (de la droga que comercializan los poderosos), los que migran en busca de estar mejor ellos y sus hijos, los que han sido desplazados de sus casas por la guerra, los soldados que son soldados no por querer matar o morir sino porque también necesitan llevar un plato de comida a sus casas, los enfermos en los hospitales, los discapacitados, las maestras, los médicos, las enfermeras, los que recogen la basura de nuestras casas, y un largo, larguísimo etcétera. ¡Ellos y ellas son dignos de admiración, de compasión, y por tanto son merecedores de la más inmensa alegría! 

Sí, los hijos de la tierra merecen paz y felicidad contra todo peligro y tristeza herodiana. Merecen que no se c*guen en sus derechos. Merecen ingresos dignos y suficientes como para que en su mesa no falte el pan que alimenta, pero tampoco falte el vino de la alegría. Merecen ser libres de las fronteras que nos encorsetan; y no solamente las fronteras de los países, sino los mil y un márgenes que nos dividen socialmente. Merecen una democracia real y no la caricatura democrática que hoy vivimos. Merecen ser atendidos y considerados dignamente cuando llegan a un hospital, o a una universidad, o al juzgado, o donde sea. Merecen que el dinero que los Estados recaudan vuelva hacia ellos para bien suyo… vuelva más directamente y no en giros acrobáticos del mundo financiero donde los que más tienen vuelven a quedarse con todo (y el pobre solo se queda con lo que no le quitaron). Merecen un trabajo digno, estudio digno, salud digna, vacaciones y tiempo libre suficiente. Merecen ser felices y punto.

Merecen y merecemos. ¡Todos lo merecemos! Vos, yo, todos. La sangre de Abel, el grito de los hijos de la tierra clama al cielo. En el pobre niño de Belén el grito de los hijos de la tierra fue asumido para siempre como causa divina. Dios ya eligió en Jesús habitar entre nosotros identificándose como pobre hijo de la tierra, contra los Herodes de este mundo. Allí se ha de gestar la revolución del Reino, la Civitas Dei: en la paz y la felicidad de (desde y con) los hijos y las hijas de la tierra.

martes, 30 de diciembre de 2025

Intervención divina



“Su miedo es mi miedo 
Su ira es mi ira 
Su amor es mi amor 
Su sangre es mi sangre…

…La única manera de salvarnos 
es a través de la intervención divina.
La única manera en que seré salvado
es a través de la intervención divina” 
(Rosalía, Berghain, trad.).

La palabra “redentor” en cristiano lo asociamos de modo directo a Jesucristo. Pero, ¿qué entendemos por redención, por redimir, por redimido? Más allá de una adjetivación, ¿somos capaces de ir más a lo profundo a fin de hacer de esta palabra una realidad vital y generadora de sentido?

En su terminología latina, redemptor es quién “compra (émere) de nuevo (re-)”, por lo que redención (y rescate) es la acción de pagar para ejecutar esa compra. Quién redime asume por otro su deuda, su cautiverio, su sufrimiento; se hace cargo por otro de aquéllo que lo esclaviza.

En los textos del Antiguo Testamento, el redentor está asociado al go’el o pariente cercano que asume en sí mismo la deuda y la vida misma de su familiar (cfr. Rut 4,1-8). Dios mismo se presenta como redentor de su pueblo, quién ha pagado por la liberación y se hace cargo de su vida y cuidado: “No temas [Israel], porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú me perteneces” (Is. 43,1).

Cuando detenemos nuestra mirada y pensamiento en Jesús, y leemos lo que los textos bíblicos dicen acerca de él, es patente que su identidad más profunda está íntimamente unida a la Redención. Él es Redención sin más.

La tradición cristiana más antiquísima ha asociado a Jesucristo Redentor a su muerte sacrificial en la cruz: “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús” (Rom 3, 23-24); “por la gracia de Dios, él experimentó la muerte en favor de todos” (Heb 2, 9). La pena máxima de la muerte, y todo el sin-sentido que en ella se manifiesta, junto con toda injusticia y pecado son pagados por quién se entregó en libertad y por amor.

Pero hemos de decir que no solamente la muerte de Jesús es redentora, ni que la redención ha de entenderse en un sentido solamente expiatorio. Jesús, en efecto, asume en sí mismo toda deuda, privación y esclavitud, pero esa asunción es en virtud de brindar al hombre una vida plena y libre; una vida divina.

Jesucristo es Redentor en toda su existencia para liberar al hombre en todo su ser. Dios en Jesucristo viene a tomar para sí toda la humanidad. No lo hace extrínsecamente, sino desde dentro. Esa es la única manera de salvarnos: la de un Dios que interviene en la historia, en el mundo, en la humanidad… haciéndose parte de esta historia, de este mundo, de esta humanidad.

“En todo semejante a nosotros” (cfr. Heb, 2, 17; 4, 15). La redención, la salvación, el rescate que nos trae Jesús no es solamente por la cruz, sino que necesariamente pasa por el pesebre, la pobreza, su vida oculta en un pueblo perdido, el trabajo silencioso como obrero itinerante, su oración, sus amistades, las comidas, sus gestos de amor y de sanación, sus enseñanzas, sus alegrías y tristezas, su cansancio, su mirada, su llanto, su compasión…

Jesús, Dios Hijo Salvador, nos dice a cada uno: “Tu miedo es mi miedo, tu ira es mi ira, tu amor es mi amor, tu sangre es mi sangre”. Él en su vida nos ha asumido. Y toda nuestra vida, en su vida, encuentra redención y sentido. Dios nos compró al altísimo precio de hacerse semejante a nosotros, para tender un puente de vida, para reconstituirnos en nuestra dignidad de hijos suyos, para devolvernos al seno de la familia humano-divina a la que pertenecemos. Jesús es quién redime (re-compra) y quién tiende el puente, el único puente por el que somos definitivamente salvados.

martes, 23 de diciembre de 2025

Y la Palabra quiso cantar


La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre (Jn 1, 9)

Al principio, antes que nada existiese, todo era tinieblas, vacío y sin forma alguna. Allí, antes que todo sea, El-que-es, el Eterno, danzaba.

Bailaban el Padre y la Palabra al ritmo del Espíritu; bailaban tres como si fuesen uno, porque uno son; bailaban bien acompasados, en total armonía y ritmo; bailaban compenetrados, implicados, entregados cada cual con el otro en la melodía de la eternidad.

En la danza eterna, la Palabra quiso cantar. Al Padre le pareció bien, y más que bien. Y también le pareció bien que otros bailen, y que haya fiesta y alegría, y música y cantos donde nada había.

Entonces la Palabra cantó y el Espíritu llevó su voz a las tinieblas, al vacío y a la informidad. La canción dijo “¡Qué exista!”. Y la luz venció a las tinieblas, el espacio y el tiempo al vacío, el cielo, la tierra y los seres vivientes a lo informe.

La canción se hizo universo, paisaje, tierra, fuego, aire, agua, luz, sonido, sabor, olor, tacto, vida. Y la Palabra quiso que otros también bailen y canten, como ella danzaba y cantaba en la eternidad del amor. Al Padre le pareció bien, y más que bien.

Entonces la Palabra volvió a cantar y el Espíritu sopló su melodía en el hombre y la mujer; abrió sus ojos y sus oídos, su mente y su corazón. La Palabra les regaló su voz y su danza. Y la Palabra cantó en ellos, el Espíritu bailó y el Padre se alegró con la alegría de los hombres.

Los hombres y mujeres aprendieron a contemplar las cosas creadas y con ellas danzaron, y a ellas cantaron. Más un día, un mal día, esos hombres y mujeres se olvidaron de quién les hizo bailar y cantar, y se creyeron dueños de la danza y de la música.

¡Triste fue la melodía y desafinada la armonía que se escuchó! ¡Descoordinados y torpes fueron los pasos de la danza! Toda la creación sufría por la altanería de los hombres. Y los hombres también, unos contra otros, querían imponer su propio canto y su propio baile.

Más la Palabra no dejó de cantar, ni el Espíritu de hacer resonar su melodía, ni el Padre de amar todo lo creado. Miles y miles de años la Palabra cantó en las voces de los hombres, en medio de otras voces que cantaban su propia canción. Miles y miles de años el Espíritu danzó en las vidas de los hombres, en medio de otras danzas que bailaban sus pasos. Miles y miles de años el Padre esperó deseoso que sus hijos e hijas vuelvan a su casa y a la fiesta que les tenía dispuesta.

Un día, un buen día, la Palabra quiso cantar con voz humana y bailar con pasos humanos para hacerles recordar esa primera y bellísima melodía que el Espíritu les regaló. Entonces el Espíritu bajó entre los hombres a buscar a aquélla que danzaba con la melodía de la eternidad, y que cantaba las maravillas de su Creador.

Bella y única entre todas las creaturas y todos los hombres y mujeres de la tierra, en ella el Espíritu se posó, y la Palabra se encarnó y habitó entre nosotros para que una voz humana cante y baile la divina y eterna melodía, y en esa voz cantemos y en ese baile dancemos, y retornemos a la vida, a la alegría y a la fiesta en la casa del Padre.

¡Feliz Navidad!