lunes, 30 de marzo de 2026

Un Dios marginal

Oh mi Jesus te dejaron solo en aquella Cruz, no es culpa del Padre ni de  los Ángeles, creo que el Señor miró hacia otra parte para no verte allí tan  terriblemente 

Puede ser que allá por el año 300, o tal vez un poco antes también, a Jesús lo hayamos perdido. Me explico, a esa aproximación al Jesús histórico que quiénes creemos decimos que es el Cristo de nuestra fe. Él es inseparablemente uno, humano-divino, como algún concilio de los primeros lo expresó. En esa inseparabilidad nosotros, sus seguidores, en general hemos desbalanceado su realidad para el lado divino, y un “divino” basado en constructos mentales veterotestamentarios semíticos o helenistas.

Lo que mejor sabemos de Jesús, por gracia del Espíritu Santo, nos lo expresan los evangelios. ¡Gracias a Dios a algunos se les dio por escribir! Ahí hay que escarbar y escarbar, retirar un poco de toda la glosa de siglos y siglos para volvernos a encontrar con Jesús. Porque los evangelios, cada uno a su modo, solo tenían este objetivo: hacer saber quién es Jesús para creer en él. ¡Creer en él! Y para creer tenemos que conocerlo y romper las ideas preconcebidas de mesianismo, salvación, divinidad y otros tantos etcéteras que Jesús mismo pone en crisis (y por eso, alerta spoiler, lo matan).

Al ir a los evangelios hay una realidad de Jesús que aunque pongamos capas y capas de oro en los altares no podemos tapar: su marginalidad. Nació pobre en una familia pobre, en un poblado tan perdido que uno de sus apóstoles expresó “¿Algo bueno puede salir de Nazaret?”. Trabajó en un oficio mal pago que demandaba mucho esfuerzo y traslados de un lugar a otro. Cuando inició su predicación del Reino se rodeó de la peor calaña de personas, sus seguidores más cercanos no eran de gran ni mediana reputación, ¡y hasta eligió a un cobrador de impuestos como discípulo suyo! Y todavía más, visitaba las casas de gente de poca moralidad, lo seguían mujeres (algo nunca oído en ese tiempo), hablaba con los mendigos, tocaba a los enfermos que eran considerados malditos por Dios, y se prodigaba hasta con los mismos extranjeros enemigos de la patria. ¡Y eso que no dijimos nada de lo que predicaba! Perdón de los pecados (y de las deudas económicas también), felicidad de los excluídos, justicia para los pobres, dignidad y pertenencia para los que un sistema de “negocios divino” dejaba de lado. Y su mayor locura: llamar a Dios su Padre, y no solo suyo sino de todos: nuestro Padre que ama a todos y a todos nos llama a amar

¿Resulta extraño que el sistema socio-económico-político-religioso no lo soportase? ¿Acaso lo soporta ahora? ¿Acaso no lo seguimos edulcorando para que sea más fácil de digerir? Jesús mostró, reveló a un Dios imposible de ser pensado. Por eso, la única manera de conocer a ese Dios es a través de Jesús: “Quién me ha visto, ha visto al Padre” nos dice. Y cuando lo vemos cerca, bien cerca, nos encontramos con un hombre marginal que viene a salvar a los marginados de la tierra. Jesús es un hijo de la tierra para los hijos de la tierra. Y por eso Dios es el Padre misericordioso, es el que busca y busca a la oveja perdida hasta encontrarla, el que sabe lo que necesitamos y vela por nosotros, el que cuida providencialmente a toda su creación. 

Y es el Dios que padece y muere. Jesús muere como paria, como marginal, como maldito. Jesús no muere, ¡lo matan! Y Jesús sabía bien que lo iban a matar. Cuando inicia su predicación empezaron ya los conflictos con los líderes de Galilea. Los fariseos y doctores de la ley le criticaban todo, todo. No entraba en su noción de Dios ni de religión lo que Jesús decía ni menos lo que hacía. Pero bueno, eso pasaba en tierras medio olvidadas. Porque lo que no pasa en las capitales básicamente no pasa. ¡Hasta que se le ocurrió subir a Jerusalén! ¡Sí, a Jerusalén y a predicar en el Templo! ¡Y en el Templo tira los puestos de los cambistas y decir “la casa de mi Padre es casa de oración y ustedes la convirtieron en una cueva de ladrones”! Si con eso no tenía la firma de su condena qué más.

Gente que conocía poco o nada a Jesús le da muerte. La palabra misma lo dice en los relatos de la pasión. Necesitaron de uno de sus allegados para identificarlo. Cuando lo tuvieron consigo, buscaron falsos testigos para acusarlo de algo que ni los acusadores sabían bien qué era. Una sola cosa era clara: Jesús tenía que morir. Sus ideas y sus acciones eran peligrosas para el status quo. No importaba en realidad ni Dios ni salvación alguna, ni profecías mesiánicas ni verdad o bien que haya en el hombre juzgado. Solo intereses mezquinos de hombres mezquinos. Y así fue juzgado, y así condenado.

Jesús muere solo y desnudo. Jesús muere luego de haber sido escupido, burlado, golpeado, ultrajado. Jesús muere humillado, desfigurado, deshumanizado, roto. Jesús muere torturado en una cruz, y por esa cruz, en un último acto de amor y rebeldía, asume en sí la salvación de todos los crucificados de la historia, ¡y hasta de sus mismos verdugos! En esa cruz todo se consuma y se descubre el rostro definitivo de Dios.

No creo en un Dios “a medida”.
No creo en un Dios “para pocos”.
No creo en un Dios impasible.

Creo en un Dios “sin medida”.
Creo en un Dios “para todos”.
Creo en un Dios compasivo.

Creo en el Dios de la cruz. 

martes, 24 de febrero de 2026

En el secreto de tu habitación

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Cuando ores, retírate a tu habitación, 
cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; 
y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
(Mt 6, 6)

Vivimos en una época de hiperexposición. Algunos análisis expresan que el 2010 ha marcado un quiebre en lo que respecta a nuestro habitar mediático. ¿Qué fue lo que pasó ese año? La aparición de la cámara frontal en los celulares. Si bien ya desde un tiempo atrás habían dado inicio las redes sociales como Facebook, la multiplicación de los dispositivos electrónicos a casi todo el mundo, sumado a la facilidad para transmitir imágenes, ya sean fotográficas o videos, en donde el principal protagonista pasaba a ser uno mismo, generó una revolución que no es solamente comunicacional. Cambió el modo de ver el mundo, de vernos a nosotros mismos, de querer que nos vean o de cómo queremos ver la realidad para que sea expresada en HD o en 4K. Ello trajo aparejado nuevos consumos y nuevas afecciones (angustias, ansiedades, depresión, aburrimiento, y en el peor de los casos abusos, adicciones, suicidios). Estamos, sin lugar a dudas, inmersos en la cultura de la imagen; ya no una imagen realista, sino en la hiperrealidad, en la búsqueda de lo atrayente, de lo disruptivo, de lo consumible, de lo apetitoso, de la novedad constante que desaparece y vuelve a aparecer en cada scroll de la pantalla.

En este mundo mediático, el mal, la enfermedad, la pobreza, el hambre y la muerte son materia tabú. Son, en general, materia ajena, de otros que lo viven, pero no quién comparte su propia “vida”: una vida que se muestra gozosa, paradisíaca, envidiable. Vender pálidas no da rédito. Aún quién sufre el dolor de la enfermedad tiene que aparecer fuerte, feliz, animado. En esta parte del mundo, en las redes, queremos olvidarnos por un momento de todas las pálidas; por eso nos entretenemos con bailes, mascotas y memes. En ese recorte, hay un mundo otro que queda irremediablemente afuera.

Jesús no conoció celulares ni redes sociales, pero conocía muy bien el corazón del hombre. Una de las malas actitudes que más condenó a los de su generación, en particular a los fariseos y personas reconocidas socialmente, ha sido la hipocresía. Es decir, fingir ser quién no soy, ser falso, vender una imagen y obtener con ello reconocimiento. A Jesús le reventaba la hipocresía. Así sin más. “No sean como los hipócritas – repetía – que van pregonando de aquí para allá cuando hacen algo bueno; o que rezan en lugares públicos para ser vistos; o muestran cuánto se sacrifican con el ayuno que practican”. Hoy la hipocresía también está de moda, y tiene una enorme pantalla en donde se magnifican una y otra vez las apariencias que buscan ser reconocidas. Y muchos caemos; aquí no tenemos que ver para otro lado. En esta cultura de la imagen, nosotros somos los primeros que hemos de examinar nuestra conciencia para convertirnos de nuestras hipocresías.

Junto a la condena de la hipocresía, Jesús nos da el remedio para combatirla: “Que tu mano izquierda ignore lo que hace tu derecha; reza en secreto, en la soledad de tu habitación; sacrifícate y ayuna en silencio, sin pretender ser visto por nadie más que por Dios, tu Padre”. ¡Qué cachetada a nuestra cultura actual! Obrar el bien en el anonimato y hasta siendo ignorados; rezar en secreto y en soledad; no buscar en nada ser visto ni recompensado por el parecer ajeno. Aquí, ciertamente, Jesús nos alecciona para purificar nuestras acciones, nuestra oración, nuestro propio ser. No ser en atención a los demás, o que mi vida valga si soy visto y reconocido, si soy apreciado y valorado por los likes que recibo. No. Jesús quiere que entendamos y vivamos desde el amor incondicional del Padre, en quién somos; y que seamos y nos valoremos desde nuestro propio e invaluable ser y existir. No necesitamos que alguien nos diga cuánto valemos; valemos y mucho, por el simple hecho de ser, y más aún por ser hijos e hijas de Dios. Valemos en nuestra pobreza, en nuestra enfermedad, en nuestra poca esteticidad. No valemos desde la perfección de la apariencia del mundo, sino desde la inconmensurable dignidad de hombre y de mujer, de hijo y de hija amada.

Por ello, una vez más, y en este tiempo propicio de la cuaresma: ama sin medida ni pretensiones, ora en el secreto de tu habitación, perfuma tu cabeza y lava tu rostro (date cariño), porque eres hermoso, eres hermosa, eres hijo e hija de Dios, y sólo eso basta. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Volver a Dios, volver a vos, volver a mi hermano

Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: 
"Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; 
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, 
trátame como a uno de tus jornaleros". 
Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
 
(Lc 15, 18-20)

Volver. Es un verbo con muchos usos cotidianos, con muchas acepciones. Como verbo es una acción, implica un movimiento. Es un movimiento de retorno, de dar la vuelta, de retomar algo, de poner (o ponerse) en un estado que previamente se tenía, de cambiar, rehacer, y la definición que más me gustó: ir al lugar de dónde se partió.

Volver, en el plano humano, es un movimiento externo que surge desde el interior, desde la voluntad y el afecto. Volvemos porque queremos, porque algo en nuestro yo profundo, en lo que llamamos corazón, nos dice “volvé”. Volvemos donde hemos sido felices, donde nos han querido y donde hemos querido. Volvemos hacia quiénes amamos. Volvemos a los paisajes y los caminos que nos han llenado de vida. Volvemos, no como nostalgia de un pasado, sino como afirmación identitaria de quiénes somos: soy del lugar y de las personas a dónde vuelvo.

¿Quién sería si no vuelvo a mi hogar? ¿O no volviese a mis padres, hermanos, amigos? ¿Quién soy si no vuelvo a mí mismo? ¿Quién soy si no vuelvo mi mirada y mi ser todo a quién me dio el ser: Dios? Si no vuelvo, no soy. Si no vuelvo, pierdo las coordenadas de mi existencia. Si no vuelvo, vago en el devenir del mundo, en las circunstancias, en las efímeras emociones y placeres que sedan y aturden mi identidad.

Como Iglesia iniciamos un tiempo bellísimo que no tiene que entenderse solo o prioritariamente desde la falta (parquedad, ayuno, silencio, sacrificio, llanto), sino más y mejor de lo que estamos llamados a obtener, a alcanzar: volver a Dios, a nosotros mismos y a nuestros hermanos.

Volver a Dios, de quién venimos y hacia quién vamos. Re-ligarnos a Él. Volver a reconocernos como hijas e hijos suyos. Volver nuestra mirada a lo trascendente, a quién y en quién se sostiene toda existencia. Volver desde el afecto y la voluntad. Volver desde las prácticas diarias que nos acercan más y más a Él: la oración, los ritualitos, las celebraciones, los sacramentos, los lugares y personas que hacen concreto nuestra vuelta a casa.

Volver a vos, a tu propio ser, a tu interioridad. No existe nadie más cercano a vos que tú mismo, y tan poco lugar damos al encontrarnos, al ver nuestro propio rostro, a darnos cariño, a cuidar de lo que soy y de quién soy. Volver queriéndome. Volver cuidándome. Volver haciéndome bien, sanando mis heridas, y pidiendo ayuda ante mis límites y fragilidades. Volver y así descubrir la maravilla, la preciosura, el tesoro invaluable de quién soy.

Volver a los hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios como yo lo soy, tesoros invaluables como yo también soy. Volver despojado de toda pretensión. Volver a brazo tendido. Volver porque soy en el nosotros. Volver en la ayuda, en el perdón, en el don de sí. Volver en la mesa compartida, en la risa contagiosa, en la fiesta, el canto y la danza. Volver a mi familia, amando a mis hijos, mis padres, mis hermanos. Volver a mi trabajo, a mis amigos, a mis vecinos. Volver a mis conciudadanos. Volver a mirar a los ojos de mis hermanos pobres, enfermos, solos, rotos, en situación de vulnerabilidad. Volver a ellos y ellas. Cerrar el círculo del amor. Porque son hermanos. Porque somos hijos e hijas de un mismo Padre. Porque ellos son en mí, y yo soy con ellos.

Volvé. Volvamos. Y festejemos juntos.

miércoles, 7 de enero de 2026

Los hijos de la tierra contra los Herodes del mundo

Los Trump, los Maduro, los Putin, los Ji Ping, los Milei, los Netanyahu (agregá a la lista a todos los que detentan el poder mundial o de tu país). Ellos no se diferencian en nada de los Alejandro, Julio César, Nabucodonosor, Ciro, Darío, Ramsés, y el títere mediocre de Herodes que gobernaba con mano de hierro (en su locura por no perder poder) la tierra de Judea cuando nació Jesús.

Los de antes y los de ahora son tristes hombres. Triste es también nuestra humanidad que estos tristes hombres la gobiernan y le hacen sentir su poder. Triste es el ansia de poder y de dominio que anida en el corazón humano, envilecido por la pretención de ser como Dios.

Viendo sus rostros, escuchando sus declaraciones, atendiendo a sus preocupaciones, también puedo decir como una artista conocida: “Qué peligroso, qué triste”. Peligroso y triste porque, como dice otra famosa frase “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Peligroso porque el gobernar se volvió un juego de intereses y de negocios. Peligroso porque, como en la acertada película “Don´t look up”, los menos que tienen los recursos (materiales, políticos, tecnológicos, mediáticos) solo piensan en cómo sacar rédito de las crisis mundiales, cag*ndose en el resto de la gente. Y eso es lo triste, lo más triste.

No me compadezco de Maduro ni convalido las acciones criminales de Trump contra Venezuela de estos días. Estos acontecimientos son signos de este tiempo que nos deben llevar a mirar compasivamente, una vez más, a los hijos de la tierra. Ellos y ellas no son de este o de aquél país; ellos y ellas son venezolanos, yanquees, argentinos, palestinos, israelíes. Ellos y ellas son más allá de toda facción geopolítica o sociológica. Ellos y ellas también estuvieron antes y hoy están…

Son los anónimos, los que labran la tierra, los que esperan que llueva, los que se levantan a las cuatro de la mañana para viajar dos horas a su trabajo mal pago, los rotos por las adicciones (de la droga que comercializan los poderosos), los que migran en busca de estar mejor ellos y sus hijos, los que han sido desplazados de sus casas por la guerra, los soldados que son soldados no por querer matar o morir sino porque también necesitan llevar un plato de comida a sus casas, los enfermos en los hospitales, los discapacitados, las maestras, los médicos, las enfermeras, los que recogen la basura de nuestras casas, y un largo, larguísimo etcétera. ¡Ellos y ellas son dignos de admiración, de compasión, y por tanto son merecedores de la más inmensa alegría! 

Sí, los hijos de la tierra merecen paz y felicidad contra todo peligro y tristeza herodiana. Merecen que no se c*guen en sus derechos. Merecen ingresos dignos y suficientes como para que en su mesa no falte el pan que alimenta, pero tampoco falte el vino de la alegría. Merecen ser libres de las fronteras que nos encorsetan; y no solamente las fronteras de los países, sino los mil y un márgenes que nos dividen socialmente. Merecen una democracia real y no la caricatura democrática que hoy vivimos. Merecen ser atendidos y considerados dignamente cuando llegan a un hospital, o a una universidad, o al juzgado, o donde sea. Merecen que el dinero que los Estados recaudan vuelva hacia ellos para bien suyo… vuelva más directamente y no en giros acrobáticos del mundo financiero donde los que más tienen vuelven a quedarse con todo (y el pobre solo se queda con lo que no le quitaron). Merecen un trabajo digno, estudio digno, salud digna, vacaciones y tiempo libre suficiente. Merecen ser felices y punto.

Merecen y merecemos. ¡Todos lo merecemos! Vos, yo, todos. La sangre de Abel, el grito de los hijos de la tierra clama al cielo. En el pobre niño de Belén el grito de los hijos de la tierra fue asumido para siempre como causa divina. Dios ya eligió en Jesús habitar entre nosotros identificándose como pobre hijo de la tierra, contra los Herodes de este mundo. Allí se ha de gestar la revolución del Reino, la Civitas Dei: en la paz y la felicidad de (desde y con) los hijos y las hijas de la tierra.

martes, 30 de diciembre de 2025

Intervención divina



“Su miedo es mi miedo 
Su ira es mi ira 
Su amor es mi amor 
Su sangre es mi sangre…

…La única manera de salvarnos 
es a través de la intervención divina.
La única manera en que seré salvado
es a través de la intervención divina” 
(Rosalía, Berghain, trad.).

La palabra “redentor” en cristiano lo asociamos de modo directo a Jesucristo. Pero, ¿qué entendemos por redención, por redimir, por redimido? Más allá de una adjetivación, ¿somos capaces de ir más a lo profundo a fin de hacer de esta palabra una realidad vital y generadora de sentido?

En su terminología latina, redemptor es quién “compra (émere) de nuevo (re-)”, por lo que redención (y rescate) es la acción de pagar para ejecutar esa compra. Quién redime asume por otro su deuda, su cautiverio, su sufrimiento; se hace cargo por otro de aquéllo que lo esclaviza.

En los textos del Antiguo Testamento, el redentor está asociado al go’el o pariente cercano que asume en sí mismo la deuda y la vida misma de su familiar (cfr. Rut 4,1-8). Dios mismo se presenta como redentor de su pueblo, quién ha pagado por la liberación y se hace cargo de su vida y cuidado: “No temas [Israel], porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú me perteneces” (Is. 43,1).

Cuando detenemos nuestra mirada y pensamiento en Jesús, y leemos lo que los textos bíblicos dicen acerca de él, es patente que su identidad más profunda está íntimamente unida a la Redención. Él es Redención sin más.

La tradición cristiana más antiquísima ha asociado a Jesucristo Redentor a su muerte sacrificial en la cruz: “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús” (Rom 3, 23-24); “por la gracia de Dios, él experimentó la muerte en favor de todos” (Heb 2, 9). La pena máxima de la muerte, y todo el sin-sentido que en ella se manifiesta, junto con toda injusticia y pecado son pagados por quién se entregó en libertad y por amor.

Pero hemos de decir que no solamente la muerte de Jesús es redentora, ni que la redención ha de entenderse en un sentido solamente expiatorio. Jesús, en efecto, asume en sí mismo toda deuda, privación y esclavitud, pero esa asunción es en virtud de brindar al hombre una vida plena y libre; una vida divina.

Jesucristo es Redentor en toda su existencia para liberar al hombre en todo su ser. Dios en Jesucristo viene a tomar para sí toda la humanidad. No lo hace extrínsecamente, sino desde dentro. Esa es la única manera de salvarnos: la de un Dios que interviene en la historia, en el mundo, en la humanidad… haciéndose parte de esta historia, de este mundo, de esta humanidad.

“En todo semejante a nosotros” (cfr. Heb, 2, 17; 4, 15). La redención, la salvación, el rescate que nos trae Jesús no es solamente por la cruz, sino que necesariamente pasa por el pesebre, la pobreza, su vida oculta en un pueblo perdido, el trabajo silencioso como obrero itinerante, su oración, sus amistades, las comidas, sus gestos de amor y de sanación, sus enseñanzas, sus alegrías y tristezas, su cansancio, su mirada, su llanto, su compasión…

Jesús, Dios Hijo Salvador, nos dice a cada uno: “Tu miedo es mi miedo, tu ira es mi ira, tu amor es mi amor, tu sangre es mi sangre”. Él en su vida nos ha asumido. Y toda nuestra vida, en su vida, encuentra redención y sentido. Dios nos compró al altísimo precio de hacerse semejante a nosotros, para tender un puente de vida, para reconstituirnos en nuestra dignidad de hijos suyos, para devolvernos al seno de la familia humano-divina a la que pertenecemos. Jesús es quién redime (re-compra) y quién tiende el puente, el único puente por el que somos definitivamente salvados.