Cuando ores, retírate a tu habitación,
cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto;
y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
(Mt 6, 6)
Vivimos en una época de hiperexposición. Algunos análisis expresan que el 2010 ha marcado un quiebre en lo que respecta a nuestro habitar mediático. ¿Qué fue lo que pasó ese año? La aparición de la cámara frontal en los celulares. Si bien ya desde un tiempo atrás habían dado inicio las redes sociales como Facebook, la multiplicación de los dispositivos electrónicos a casi todo el mundo, sumado a la facilidad para transmitir imágenes, ya sean fotográficas o videos, en donde el principal protagonista pasaba a ser uno mismo, generó una revolución que no es solamente comunicacional. Cambió el modo de ver el mundo, de vernos a nosotros mismos, de querer que nos vean o de cómo queremos ver la realidad para que sea expresada en HD o en 4K. Ello trajo aparejado nuevos consumos y nuevas afecciones (angustias, ansiedades, depresión, aburrimiento, y en el peor de los casos abusos, adicciones, suicidios). Estamos, sin lugar a dudas, inmersos en la cultura de la imagen; ya no una imagen realista, sino en la hiperrealidad, en la búsqueda de lo atrayente, de lo disruptivo, de lo consumible, de lo apetitoso, de la novedad constante que desaparece y vuelve a aparecer en cada scroll de la pantalla.
En este mundo mediático, el mal, la enfermedad, la pobreza, el hambre y la muerte son materia tabú. Son, en general, materia ajena, de otros que lo viven, pero no quién comparte su propia “vida”: una vida que se muestra gozosa, paradisíaca, envidiable. Vender pálidas no da rédito. Aún quién sufre el dolor de la enfermedad tiene que aparecer fuerte, feliz, animado. En esta parte del mundo, en las redes, queremos olvidarnos por un momento de todas las pálidas; por eso nos entretenemos con bailes, mascotas y memes. En ese recorte, hay un mundo otro que queda irremediablemente afuera.
Jesús no conoció celulares ni redes sociales, pero conocía muy bien el corazón del hombre. Una de las malas actitudes que más condenó a los de su generación, en particular a los fariseos y personas reconocidas socialmente, ha sido la hipocresía. Es decir, fingir ser quién no soy, ser falso, vender una imagen y obtener con ello reconocimiento. A Jesús le reventaba la hipocresía. Así sin más. “No sean como los hipócritas – repetía – que van pregonando de aquí para allá cuando hacen algo bueno; o que rezan en lugares públicos para ser vistos; o muestran cuánto se sacrifican con el ayuno que practican”. Hoy la hipocresía también está de moda, y tiene una enorme pantalla en donde se magnifican una y otra vez las apariencias que buscan ser reconocidas. Y muchos caemos; aquí no tenemos que ver para otro lado. En esta cultura de la imagen, nosotros somos los primeros que hemos de examinar nuestra conciencia para convertirnos de nuestras hipocresías.
Junto a la condena de la hipocresía, Jesús nos da el remedio para combatirla: “Que tu mano izquierda ignore lo que hace tu derecha; reza en secreto, en la soledad de tu habitación; sacrifícate y ayuna en silencio, sin pretender ser visto por nadie más que por Dios, tu Padre”. ¡Qué cachetada a nuestra cultura actual! Obrar el bien en el anonimato y hasta siendo ignorados; rezar en secreto y en soledad; no buscar en nada ser visto ni recompensado por el parecer ajeno. Aquí, ciertamente, Jesús nos alecciona para purificar nuestras acciones, nuestra oración, nuestro propio ser. No ser en atención a los demás, o que mi vida valga si soy visto y reconocido, si soy apreciado y valorado por los likes que recibo. No. Jesús quiere que entendamos y vivamos desde el amor incondicional del Padre, en quién somos; y que seamos y nos valoremos desde nuestro propio e invaluable ser y existir. No necesitamos que alguien nos diga cuánto valemos; valemos y mucho, por el simple hecho de ser, y más aún por ser hijos e hijas de Dios. Valemos en nuestra pobreza, en nuestra enfermedad, en nuestra poca esteticidad. No valemos desde la perfección de la apariencia del mundo, sino desde la inconmensurable dignidad de hombre y de mujer, de hijo y de hija amada.
Por ello, una vez más, y en este tiempo propicio de la cuaresma: ama sin medida ni pretensiones, ora en el secreto de tu habitación, perfuma tu cabeza y lava tu rostro (date cariño), porque eres hermoso, eres hermosa, eres hijo e hija de Dios, y sólo eso basta.
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