martes, 2 de junio de 2026

Es femicidio (y no, no debería ser)

Ni una Menos: “Con avances y retrocesos proponemos la unidad en la  diversidad para dar la batalla cultural” - Radio UNR 

Lo que nombramos existe. Lo que no se nombra no necesariamente no existe, sino que está invisibilizado, negado, ocultado. Las palabras otorgan entidad, para bien y para mal.

Antes de la palabra está la realidad, lo fáctico, eso que requiere y demanda ser nombrado para no ocultarlo de nuestra vista y de nuestro entendimiento. Caín, el primer homicida de la historia bíblica, no quiso nombrar lo que acabada de cometer. En este relato mítico, Dios le hace ver de frente su delito: “¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano grita hacia mí desde el suelo” (Gn 4,10). Así, la humanidad nombró y dio entidad a lo aberrante de matar: que un hombre quite la vida a otro hombre.

La humanidad ha nombrado lo bueno y bello con mil palabras, y con mil y una más ha nombrado lo malo y grotesco. Hoy queremos nombrar una de esas palabras que tenemos que darle entidad, por más que no querramos que exista: femicidio. Y no porque sea nueva, sino porque justamente como vieja realidad que es, hemos invisibilizado, negado, ocultado su triste realidad. Mas así también por no nombrarla como Caín, los hombres (varones) queríamos evitar verla de frente, asumir su existencia y nuestra culpa. Parafraseando a Dios: “¡Escucha! La sangre de tu HERMANA grita hacia mí desde el suelo”.

La Biblia, ese libro religioso que para muchos de nosotros es Palabra de Dios, nos narra también hechos atroces. Acaso será así para que aprendamos a ver de frente lo patético de lo humano. Y entre lo que cuenta, está un terrible femicidio perpetrado por una estructura cultural patriarcal y machista en donde la mujer es objeto de posesión y de disputa, antes que sujeto libre y soberano. El relato completo se encuentra en el libro de Jueces, Capítulo 19. Aquí presento un resumen del relato:

Un levita tomó por concubina a una mujer de Belén de Judá. Pero su concubina le fue infiel y lo abandonó, yéndose a la casa de su padre en Belén de Judá, donde permaneció unos cuatro meses. Entonces su marido fue detrás de ella, para hablarle al corazón y hacerla volver. (…) La joven lo hizo entrar en la casa de su padre, y este, al verlo, le salió al encuentro lleno de alegría. (…) Cuando el levita se levantó para partir con su concubina y su servidor, el padre de la joven le dijo: «Ya se está haciendo tarde. Quédate aquí esta noche y pasarás un momento agradable. Mañana de madrugada se pondrán en camino y regresarás a tu casa». Pero el hombre no quiso quedarse, sino que se levantó y partió. Así llegó frente a Jebús llevando consigo los dos asnos cargados, además de su concubina y su servidor.

Al llegar a Guibeá, el hombre se quedó en la plaza de la ciudad, pero nadie los invitó a su casa para pasar la noche. Entonces llegó un anciano, que al atardecer volvía de trabajar en el campo. El anciano le dijo: «La paz esté contigo. Yo proveeré a todas tus necesidades. No pases la noche en la plaza». Entonces lo llevó a su casa y dio de comer a los asnos. Y ellos se lavaron los pies, comieron y bebieron.

Estaban pasando un momento agradable, cuando los hombres de la ciudad, gente pervertida, rodearon la casa y comenzaron a golpear la puerta, diciendo al anciano dueño de casa: «Trae afuera el hombre que entró en tu casa para que tengamos relaciones con él». Pero el dueño de casa se presentó ante ellos y les dijo: «No, hermanos míos, no obren tan perversamente, porque ese hombre es mi huésped. ¡No cometan esa infamia! Yo tengo a mi hija que es virgen: se la traeré afuera, para que ustedes abusen de ella y la traten como mejor les parezca. Pero no cometan semejante infamia con ese hombre». Sin embargo, ellos no quisieron escucharlo. Entonces el levita tomó a su concubina y la llevó afuera. Los hombres se aprovecharon de ella y la maltrataron toda la noche hasta la madrugada, y al amanecer, la abandonaron. La mujer llegó de madrugada y se cayó a la entrada de la casa del hombre donde estaba su marido. Allí quedó hasta que fue el día. Por la mañana, su marido se levantó, abrió la puerta de la casa y salió para continuar el camino. Al ver a la mujer, su concubina, que estaba tendida a la puerta de la casa, con la mano sobre el umbral, le dijo: «Levántate, vamos». Pero no obtuvo respuesta. Entonces el hombre la cargó sobre su asno y emprendió el camino hacia su pueblo. Cuando llegó a su casa, tomó el cuchillo y partió en doce pedazos el cuerpo de su concubina. Luego los envió a todo el territorio de Israel”.

Leamos. Miremos de frente. Y nombremos lo que es: un femicidio. Un hecho que está en el cúlmen, en la cima de una cultura machista, patriarcal, varoncéntrica, en la que la mujer ya era de por sí sometida, ninguneada, valorada como un mero objeto de posesión y de uso. Su marido no fue a la búsqueda de una igual, sino a un objeto de su propiedad; el padre de la joven se alegró al ver a su yerno porque se haría cargo de la hija; pero lo más bestial se encuentra al final del relato, donde no una sino dos jóvenes son consideradas como objeto de cambio frente a los perversos, y todo para salvaguardar al huésped varón. Una de ellas es dada al sacrificio machista, para ser objeto de abuso, de maltrato y de abandono. Busca ella, tal vez con su último aliento, “con la mano sobre el umbral”, un gesto de humanidad hacia su triste condición. Su marido no la levanta, no la abraza, no la cura, no la atiende… ella dejó de existir. Y su muerte tampoco fue nombrada. Su cuerpo desmembrado es el último gesto de despersonalización, de aniquilamiento de su dignidad de mujer. La que nunca había sido dejó definitivamente de ser.

Hoy miremos de frente y nombremos lo que es un femicidio: que un varón mate a una mujer por su condición de mujer. Y veamos sus causas estructurales, históricas, ancestrales: la cultura machista y patriarcal. Patriarcado y machismo que hacen de la mujer objeto de propiedad, objeto de deseo, objeto de consumo, objeto que se puede “usar y tirar”. Patriarcado y machismo que ningunea, menosprecia, invisibiliza a la mujer en su ser persona, muchas veces cubriéndolo en la aparente “igualdad”, o en el lenguaje generalístico de lo humano.

El femicidio es la punta de capas y capas de denigración, de maltrato, de sometimiento, de violencia, de abuso, de menosprecio, de ninguneo a la mujer. Los varones tenemos que verlo de frente, hacernos cargo, dar un salto cultural que retorne al paraíso perdido: “los creó Varón y Mujer” (Gn 1, 27).

Por Agostina, por Cielo, por Micaela, por mi madre, por mis hermanas, por mis amigas. Ni una menos.

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