domingo, 8 de junio de 2025

¡Alzar la voz!


Abrir las puertas, dejar el miedo,
abrir la boca, ¡alzar la voz!

Levantarse, dejar el miedo,
salir a las calles, ¡alzar la voz!

Izar las banderas, dejar el miedo,
unirnos como pueblo, ¡alzar la voz!

Pentecostés es fuego y es viento, es energía y calor, es lo divino que empuja y crea, que eleva y visibiliza, que trae consigo la flor y también el fruto maduro.

Pentecostés es valentía, es hablar el lenguaje universal del amor, es congregación de “aquellos que pensamos parecido” para la construcción de una civilización nueva, justa y pacífica, es mirar más allá de partidismos y colores, de sexo y de religión, de edades y mil cosas que nos dividen para volver a unirnos como pueblo que camina en la historia.

Pentecostés es el hoy que necesitamos como humanidad para que tanta Babel de violencia, de desencuentros y de discordias queden superadas. Para que sea hoy posible caminar juntos conscientes de nuestro destino común como hombres y mujeres, construir juntos sin pretensiones de inmortalizar nuestros nombres sino en pos del bienestar de todos, vivir juntos en paz y en concordia desde nuestras distintas voces y colores.

Pentecostés es levantarnos del letargo y la sedación de las pantallas y de tantas cosas que nos tienen adormecidos, y salir al mundo real, con rostros reales, con abrazos, con miradas, con texturas, con sabores, con olores, con belleza y también con fealdad.

Pentecostés es dejar nuestras casas, salir a la calle, tomar partido por la humanidad vilipendiada, asociarme con otros y otras, patear el barrio, hablar con los vecinos, jugar con los niños, dar voz a las niñeces y adolescencias, construir comunidad.

Pentecostés es indignarnos y reclamar una y otra y otra vez contra tantas injusticias, es mirar de frente aquello que nos da asco de nosotros mismos como humanidad, es creer que podemos ser mejores y trabajar por ello, es alzar la voz de los que no tienen voz, es ser eco de verdades incómodas, es ser eco de los anhelos del corazón humano, es poner la voz pero también el cuerpo entero en el anuncio de una humanidad nueva, buena, justa, amorosa, digna, pacífica, hermanada.

Espíritu Santo, enciéndenos, levántanos,
despiértanos, anímanos.

Espíritu Santo, recréanos, congréganos,
envalentónanos, haznos comunidad.

Espíritu Santo, ¡alza nuestras voces!
Y que seamos el eco histórico de tu voz. 

miércoles, 4 de junio de 2025

Derechos de Primera (pero también) de segunda, tercera y cuarta generación

No es un acontecer discursivo y fáctico meramente local y nacional; es global. El exacerbado individualismo y los intereses particulares de la tecnocracia reinante han desbalanceado los derechos una vez más hacia su lado. Como decía una viñeta de Quino: todos somos iguales ante la ley, pero hay algunos que son más iguales que otros. Y hay algunos derechos que se acentúan de modo particular ante los intereses reinantes: los derechos de primera generación.

Para quién se desayuna respecto a lo que estoy diciendo, o simplemente no conocía esta nomenclatura, la explico muy brevemente. En el siglo XVIII, de la mano de la Revolución Francesa, se declaran los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789). Fue el primer antecedente de lo que luego fueron los Derechos Humanos. Ahora, estos Derechos Humanos no son una entidad o entelequia uniforme y estática, sino una realidad viva y en constante desarrollo. De allí que en el transcurrir de tres siglos podamos hablar de distintas generaciones de derechos. Los de PRIMERA generación son los que consagran los derechos individuales (a la vida, a la dignidad, a la libertad de expresión, etc.); los de SEGUNDA generación los derechos sociales y laborales (a la salud, a la educación, a agruparse en sindicatos, a la huelga, etc.), los de TERCERA generación los llamados colectivos (a la paz, al desarrollo, a un medio ambiente sano, a la libre determinación de los pueblos, a la participación en el patrimonio común de la humanidad, etc.) y los de CUARTA generación son aquéllos derechos emergentes ante una sociedad y mundo en constante mutación (al acceso a la tecnología, a la protección de la identidad digital, etc.).

Hoy día asistimos a la exacerbación de los derechos de primera generación, en detrimento de todos los demás. Esto también tiene una explicación histórica: estos derechos de primera generación fueron en un inicio promovidos por los pequeños burgueses en defensa de sus derechos a la propiedad ante el rey; hoy esos pequeños burgueses han devenido en grandes empresarios y corporaciones internacionales que defienden sus intereses individuales y exclusivos ante el peligro del pueblo soberano.

Las nuevas generaciones de derecho no limitan sino que amplían y democratizan eficientemente los derechos de primera generación. Por poner un simple ejemplo: solo en un ambiente sano se concibe una vida digna, y no hay vida digna ni ambiente sano sin acceso a la educación, al trabajo, a la vivienda. Así, cada derecho se complementa con otro generando una red de relaciones, una polifonía que hace a la armonía humana individual y social.

No serán los intereses individuales exacerbados los que logren esta garantía de derechos. Es necesario restablecer lo público entendido como lo que es interés de todos y en donde todos son parte de la generación de acciones adecuadas. El derecho a la salud unido al derecho a un salario digno, el derecho a la vivienda unido al derecho a la tierra, el derecho a la vida unido al derecho a la dignidad, a la salud y a la educación, el derecho al desarrollo unido al derecho a un ambiente sano para las próximas generaciones. 

El derecho a la libertad tan proclamada solo es y será en tanto socialmente, comunitariamente trabajemos por los condicionantes y casi determinismos que la ahogan y nos hacen, más que vivir, sobrevivir: la pobreza como empobrecimiento planificado, el trabajo precarizado, la ausencia de seguridad social, el analfabetismo, la contaminación, la cultura del mercado que hace del ser humano un mero consumidor, la cultura del descarte que nos sumerge en un brutal utilitarismo social, el odio que se transforma en guerra y violencia.

¡Nadie se salva solo! La edificación de una sociedad democrática y de derechos tampoco se hace con los ladrillos que individualmente se ponen uno encima de otro. Solo en el diálogo y en la reconfiguración de la cosa pública es donde podremos progresar hacia una sociedad justa, pacífica, amorosa, viva y realmente libre.