Pentecostés es fuego y es viento, es energía y calor, es lo divino que empuja y crea, que eleva y visibiliza, que trae consigo la flor y también el fruto maduro.
Pentecostés es valentía, es hablar el lenguaje universal del amor, es congregación de “aquellos que pensamos parecido” para la construcción de una civilización nueva, justa y pacífica, es mirar más allá de partidismos y colores, de sexo y de religión, de edades y mil cosas que nos dividen para volver a unirnos como pueblo que camina en la historia.
Pentecostés es el hoy que necesitamos como humanidad para que tanta Babel de violencia, de desencuentros y de discordias queden superadas. Para que sea hoy posible caminar juntos conscientes de nuestro destino común como hombres y mujeres, construir juntos sin pretensiones de inmortalizar nuestros nombres sino en pos del bienestar de todos, vivir juntos en paz y en concordia desde nuestras distintas voces y colores.
Pentecostés es levantarnos del letargo y la sedación de las pantallas y de tantas cosas que nos tienen adormecidos, y salir al mundo real, con rostros reales, con abrazos, con miradas, con texturas, con sabores, con olores, con belleza y también con fealdad.
Pentecostés es dejar nuestras casas, salir a la calle, tomar partido por la humanidad vilipendiada, asociarme con otros y otras, patear el barrio, hablar con los vecinos, jugar con los niños, dar voz a las niñeces y adolescencias, construir comunidad.
Pentecostés es indignarnos y reclamar una y otra y otra vez contra tantas injusticias, es mirar de frente aquello que nos da asco de nosotros mismos como humanidad, es creer que podemos ser mejores y trabajar por ello, es alzar la voz de los que no tienen voz, es ser eco de verdades incómodas, es ser eco de los anhelos del corazón humano, es poner la voz pero también el cuerpo entero en el anuncio de una humanidad nueva, buena, justa, amorosa, digna, pacífica, hermanada.

