Para quién se desayuna respecto a lo que estoy diciendo, o simplemente no conocía esta nomenclatura, la explico muy brevemente. En el siglo XVIII, de la mano de la Revolución Francesa, se declaran los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789). Fue el primer antecedente de lo que luego fueron los Derechos Humanos. Ahora, estos Derechos Humanos no son una entidad o entelequia uniforme y estática, sino una realidad viva y en constante desarrollo. De allí que en el transcurrir de tres siglos podamos hablar de distintas generaciones de derechos. Los de PRIMERA generación son los que consagran los derechos individuales (a la vida, a la dignidad, a la libertad de expresión, etc.); los de SEGUNDA generación los derechos sociales y laborales (a la salud, a la educación, a agruparse en sindicatos, a la huelga, etc.), los de TERCERA generación los llamados colectivos (a la paz, al desarrollo, a un medio ambiente sano, a la libre determinación de los pueblos, a la participación en el patrimonio común de la humanidad, etc.) y los de CUARTA generación son aquéllos derechos emergentes ante una sociedad y mundo en constante mutación (al acceso a la tecnología, a la protección de la identidad digital, etc.).
Hoy día asistimos a la exacerbación de los derechos de primera generación, en detrimento de todos los demás. Esto también tiene una explicación histórica: estos derechos de primera generación fueron en un inicio promovidos por los pequeños burgueses en defensa de sus derechos a la propiedad ante el rey; hoy esos pequeños burgueses han devenido en grandes empresarios y corporaciones internacionales que defienden sus intereses individuales y exclusivos ante el peligro del pueblo soberano.
Las nuevas generaciones de derecho no limitan sino que amplían y democratizan eficientemente los derechos de primera generación. Por poner un simple ejemplo: solo en un ambiente sano se concibe una vida digna, y no hay vida digna ni ambiente sano sin acceso a la educación, al trabajo, a la vivienda. Así, cada derecho se complementa con otro generando una red de relaciones, una polifonía que hace a la armonía humana individual y social.
No serán los intereses individuales exacerbados los que logren esta garantía de derechos. Es necesario restablecer lo público entendido como lo que es interés de todos y en donde todos son parte de la generación de acciones adecuadas. El derecho a la salud unido al derecho a un salario digno, el derecho a la vivienda unido al derecho a la tierra, el derecho a la vida unido al derecho a la dignidad, a la salud y a la educación, el derecho al desarrollo unido al derecho a un ambiente sano para las próximas generaciones.
El derecho a la libertad tan proclamada solo es y será en tanto socialmente, comunitariamente trabajemos por los condicionantes y casi determinismos que la ahogan y nos hacen, más que vivir, sobrevivir: la pobreza como empobrecimiento planificado, el trabajo precarizado, la ausencia de seguridad social, el analfabetismo, la contaminación, la cultura del mercado que hace del ser humano un mero consumidor, la cultura del descarte que nos sumerge en un brutal utilitarismo social, el odio que se transforma en guerra y violencia.
¡Nadie se salva solo! La edificación de una sociedad democrática y de derechos tampoco se hace con los ladrillos que individualmente se ponen uno encima de otro. Solo en el diálogo y en la reconfiguración de la cosa pública es donde podremos progresar hacia una sociedad justa, pacífica, amorosa, viva y realmente libre.

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