miércoles, 7 de enero de 2026

Los hijos de la tierra contra los Herodes del mundo

Los Trump, los Maduro, los Putin, los Ji Ping, los Milei, los Netanyahu (agregá a la lista a todos los que detentan el poder mundial o de tu país). Ellos no se diferencian en nada de los Alejandro, Julio César, Nabucodonosor, Ciro, Darío, Ramsés, y el títere mediocre de Herodes que gobernaba con mano de hierro (en su locura por no perder poder) la tierra de Judea cuando nació Jesús.

Los de antes y los de ahora son tristes hombres. Triste es también nuestra humanidad que estos tristes hombres la gobiernan y le hacen sentir su poder. Triste es el ansia de poder y de dominio que anida en el corazón humano, envilecido por la pretención de ser como Dios.

Viendo sus rostros, escuchando sus declaraciones, atendiendo a sus preocupaciones, también puedo decir como una artista conocida: “Qué peligroso, qué triste”. Peligroso y triste porque, como dice otra famosa frase “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Peligroso porque el gobernar se volvió un juego de intereses y de negocios. Peligroso porque, como en la acertada película “Don´t look up”, los menos que tienen los recursos (materiales, políticos, tecnológicos, mediáticos) solo piensan en cómo sacar rédito de las crisis mundiales, cag*ndose en el resto de la gente. Y eso es lo triste, lo más triste.

No me compadezco de Maduro ni convalido las acciones criminales de Trump contra Venezuela de estos días. Estos acontecimientos son signos de este tiempo que nos deben llevar a mirar compasivamente, una vez más, a los hijos de la tierra. Ellos y ellas no son de este o de aquél país; ellos y ellas son venezolanos, yanquees, argentinos, palestinos, israelíes. Ellos y ellas son más allá de toda facción geopolítica o sociológica. Ellos y ellas también estuvieron antes y hoy están…

Son los anónimos, los que labran la tierra, los que esperan que llueva, los que se levantan a las cuatro de la mañana para viajar dos horas a su trabajo mal pago, los rotos por las adicciones (de la droga que comercializan los poderosos), los que migran en busca de estar mejor ellos y sus hijos, los que han sido desplazados de sus casas por la guerra, los soldados que son soldados no por querer matar o morir sino porque también necesitan llevar un plato de comida a sus casas, los enfermos en los hospitales, los discapacitados, las maestras, los médicos, las enfermeras, los que recogen la basura de nuestras casas, y un largo, larguísimo etcétera. ¡Ellos y ellas son dignos de admiración, de compasión, y por tanto son merecedores de la más inmensa alegría! 

Sí, los hijos de la tierra merecen paz y felicidad contra todo peligro y tristeza herodiana. Merecen que no se c*guen en sus derechos. Merecen ingresos dignos y suficientes como para que en su mesa no falte el pan que alimenta, pero tampoco falte el vino de la alegría. Merecen ser libres de las fronteras que nos encorsetan; y no solamente las fronteras de los países, sino los mil y un márgenes que nos dividen socialmente. Merecen una democracia real y no la caricatura democrática que hoy vivimos. Merecen ser atendidos y considerados dignamente cuando llegan a un hospital, o a una universidad, o al juzgado, o donde sea. Merecen que el dinero que los Estados recaudan vuelva hacia ellos para bien suyo… vuelva más directamente y no en giros acrobáticos del mundo financiero donde los que más tienen vuelven a quedarse con todo (y el pobre solo se queda con lo que no le quitaron). Merecen un trabajo digno, estudio digno, salud digna, vacaciones y tiempo libre suficiente. Merecen ser felices y punto.

Merecen y merecemos. ¡Todos lo merecemos! Vos, yo, todos. La sangre de Abel, el grito de los hijos de la tierra clama al cielo. En el pobre niño de Belén el grito de los hijos de la tierra fue asumido para siempre como causa divina. Dios ya eligió en Jesús habitar entre nosotros identificándose como pobre hijo de la tierra, contra los Herodes de este mundo. Allí se ha de gestar la revolución del Reino, la Civitas Dei: en la paz y la felicidad de (desde y con) los hijos y las hijas de la tierra.

martes, 30 de diciembre de 2025

Intervención divina



“Su miedo es mi miedo 
Su ira es mi ira 
Su amor es mi amor 
Su sangre es mi sangre…

…La única manera de salvarnos 
es a través de la intervención divina.
La única manera en que seré salvado
es a través de la intervención divina” 
(Rosalía, Berghain, trad.).

La palabra “redentor” en cristiano lo asociamos de modo directo a Jesucristo. Pero, ¿qué entendemos por redención, por redimir, por redimido? Más allá de una adjetivación, ¿somos capaces de ir más a lo profundo a fin de hacer de esta palabra una realidad vital y generadora de sentido?

En su terminología latina, redemptor es quién “compra (émere) de nuevo (re-)”, por lo que redención (y rescate) es la acción de pagar para ejecutar esa compra. Quién redime asume por otro su deuda, su cautiverio, su sufrimiento; se hace cargo por otro de aquéllo que lo esclaviza.

En los textos del Antiguo Testamento, el redentor está asociado al go’el o pariente cercano que asume en sí mismo la deuda y la vida misma de su familiar (cfr. Rut 4,1-8). Dios mismo se presenta como redentor de su pueblo, quién ha pagado por la liberación y se hace cargo de su vida y cuidado: “No temas [Israel], porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú me perteneces” (Is. 43,1).

Cuando detenemos nuestra mirada y pensamiento en Jesús, y leemos lo que los textos bíblicos dicen acerca de él, es patente que su identidad más profunda está íntimamente unida a la Redención. Él es Redención sin más.

La tradición cristiana más antiquísima ha asociado a Jesucristo Redentor a su muerte sacrificial en la cruz: “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús” (Rom 3, 23-24); “por la gracia de Dios, él experimentó la muerte en favor de todos” (Heb 2, 9). La pena máxima de la muerte, y todo el sin-sentido que en ella se manifiesta, junto con toda injusticia y pecado son pagados por quién se entregó en libertad y por amor.

Pero hemos de decir que no solamente la muerte de Jesús es redentora, ni que la redención ha de entenderse en un sentido solamente expiatorio. Jesús, en efecto, asume en sí mismo toda deuda, privación y esclavitud, pero esa asunción es en virtud de brindar al hombre una vida plena y libre; una vida divina.

Jesucristo es Redentor en toda su existencia para liberar al hombre en todo su ser. Dios en Jesucristo viene a tomar para sí toda la humanidad. No lo hace extrínsecamente, sino desde dentro. Esa es la única manera de salvarnos: la de un Dios que interviene en la historia, en el mundo, en la humanidad… haciéndose parte de esta historia, de este mundo, de esta humanidad.

“En todo semejante a nosotros” (cfr. Heb, 2, 17; 4, 15). La redención, la salvación, el rescate que nos trae Jesús no es solamente por la cruz, sino que necesariamente pasa por el pesebre, la pobreza, su vida oculta en un pueblo perdido, el trabajo silencioso como obrero itinerante, su oración, sus amistades, las comidas, sus gestos de amor y de sanación, sus enseñanzas, sus alegrías y tristezas, su cansancio, su mirada, su llanto, su compasión…

Jesús, Dios Hijo Salvador, nos dice a cada uno: “Tu miedo es mi miedo, tu ira es mi ira, tu amor es mi amor, tu sangre es mi sangre”. Él en su vida nos ha asumido. Y toda nuestra vida, en su vida, encuentra redención y sentido. Dios nos compró al altísimo precio de hacerse semejante a nosotros, para tender un puente de vida, para reconstituirnos en nuestra dignidad de hijos suyos, para devolvernos al seno de la familia humano-divina a la que pertenecemos. Jesús es quién redime (re-compra) y quién tiende el puente, el único puente por el que somos definitivamente salvados.

martes, 23 de diciembre de 2025

Y la Palabra quiso cantar


La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre (Jn 1, 9)

Al principio, antes que nada existiese, todo era tinieblas, vacío y sin forma alguna. Allí, antes que todo sea, El-que-es, el Eterno, danzaba.

Bailaban el Padre y la Palabra al ritmo del Espíritu; bailaban tres como si fuesen uno, porque uno son; bailaban bien acompasados, en total armonía y ritmo; bailaban compenetrados, implicados, entregados cada cual con el otro en la melodía de la eternidad.

En la danza eterna, la Palabra quiso cantar. Al Padre le pareció bien, y más que bien. Y también le pareció bien que otros bailen, y que haya fiesta y alegría, y música y cantos donde nada había.

Entonces la Palabra cantó y el Espíritu llevó su voz a las tinieblas, al vacío y a la informidad. La canción dijo “¡Qué exista!”. Y la luz venció a las tinieblas, el espacio y el tiempo al vacío, el cielo, la tierra y los seres vivientes a lo informe.

La canción se hizo universo, paisaje, tierra, fuego, aire, agua, luz, sonido, sabor, olor, tacto, vida. Y la Palabra quiso que otros también bailen y canten, como ella danzaba y cantaba en la eternidad del amor. Al Padre le pareció bien, y más que bien.

Entonces la Palabra volvió a cantar y el Espíritu sopló su melodía en el hombre y la mujer; abrió sus ojos y sus oídos, su mente y su corazón. La Palabra les regaló su voz y su danza. Y la Palabra cantó en ellos, el Espíritu bailó y el Padre se alegró con la alegría de los hombres.

Los hombres y mujeres aprendieron a contemplar las cosas creadas y con ellas danzaron, y a ellas cantaron. Más un día, un mal día, esos hombres y mujeres se olvidaron de quién les hizo bailar y cantar, y se creyeron dueños de la danza y de la música.

¡Triste fue la melodía y desafinada la armonía que se escuchó! ¡Descoordinados y torpes fueron los pasos de la danza! Toda la creación sufría por la altanería de los hombres. Y los hombres también, unos contra otros, querían imponer su propio canto y su propio baile.

Más la Palabra no dejó de cantar, ni el Espíritu de hacer resonar su melodía, ni el Padre de amar todo lo creado. Miles y miles de años la Palabra cantó en las voces de los hombres, en medio de otras voces que cantaban su propia canción. Miles y miles de años el Espíritu danzó en las vidas de los hombres, en medio de otras danzas que bailaban sus pasos. Miles y miles de años el Padre esperó deseoso que sus hijos e hijas vuelvan a su casa y a la fiesta que les tenía dispuesta.

Un día, un buen día, la Palabra quiso cantar con voz humana y bailar con pasos humanos para hacerles recordar esa primera y bellísima melodía que el Espíritu les regaló. Entonces el Espíritu bajó entre los hombres a buscar a aquélla que danzaba con la melodía de la eternidad, y que cantaba las maravillas de su Creador.

Bella y única entre todas las creaturas y todos los hombres y mujeres de la tierra, en ella el Espíritu se posó, y la Palabra se encarnó y habitó entre nosotros para que una voz humana cante y baile la divina y eterna melodía, y en esa voz cantemos y en ese baile dancemos, y retornemos a la vida, a la alegría y a la fiesta en la casa del Padre.

¡Feliz Navidad!

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Hacer lugar al Emanuel


El Señor mismo les dará un signo. 
Miren, la joven está embarazada 
y dará a luz un hijo, 
y lo llamará con el nombre de Emanuel (Is 7, 14)

    Emanuel, “Dios-con-nosotros”, es más que un nombre. Es la síntesis del plan de salvación de Dios para con su pueblo y para toda la humanidad. Los nombres en la Biblia expresan no solo identidad sino misión. Es, de alguna manera, una identidad dinámica que se realiza en la historia en consonancia con el querer divino. Emanuel es el querer divino absolutamente historizado; es la historia divinizada y hecha salvación.

    Emanuel, “Dios-con-nosotros”, es realización divina en el devenir histórico-humano. San Juan lo expresa bellamente en el prólogo de su Evangelio: “Al principio existía la Palabra… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,1.14). Dios-Palabra viene al encuentro. Es la primera Pascua, el paso del abajarse divino a la condición de creatura.

    Él no espera que nosotros alcancemos prometéicamente el fuego divino; ya habíamos caído en ese terrible error que nos marcó y marca nuestra historia de pretender alcanzar el cielo con nuestras propias fuerzas. No podemos, no llegamos, no somos capaces de eternidad ni de plenitud. La historia sin Dios es caducidad, fatalidad, olvido, paso más o menos (in)consciente de lo que es y no será.

    Dios no espera en un Olimpo inaccesible ni es espectador del trágico show del mundo. Dios es “el que está”: “en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 27-28). En él todo encuentra consistencia y sentido. Aquél que otorga sustento a todas las cosas asume en sí mismo toda la creación, y de modo absoluto su obra más preciada: el ser humano. Dios-Palabra se hace carne, niño, frágil, historia, cultura, mirada, oído, voz. Dios-Emanuel es con-en-entre nosotros; es el Dios-hombre quién no roba sino que porta, parte y reparte el fuego del Espíritu divino y divinizador.

    Emanuel, “Dios-con-nososotros”, es la Voluntad salvífica que se realiza en Jesús. Jesús es Dios-en-la-historia. Él vino a habitar en nuestra tienda de campaña; Él vino a habitar en nuestra morada; Él vino para divinizar la historia. 

    Nosotros, antes que cualquier quehacer, hemos de contemplar el misterio desde la gratitud de lo inmerecido como lo hicieron José y María, los pastores, los magos, los animales del pesebre. Contemplar la Gloria que se abaja en el niño del pesebre. Entrar bajo su techo para solo estar con él. Dejar que él venga, que él abrace mi historia, que ilumine mi vida, que la llene de sentido, que divinice mi humanidad.

    Adorar y glorificar a Dios-Emanuel es el no-hacer más urgente, dejando que él haga. Nuestra falsa humildad es pretender que no necesitamos de él, que bien podemos solos cuando lo que más necesitamos es hacerle lugar a Dios-en-nosotros. En este mundo secularizado y secularizante, en donde Dios entra también en los registros de venta y consumo, dejemos lugar a su presencia para que él, no nosotros, haga nuevas todas las cosas.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 9.14) 

domingo, 8 de junio de 2025

¡Alzar la voz!


Abrir las puertas, dejar el miedo,
abrir la boca, ¡alzar la voz!

Levantarse, dejar el miedo,
salir a las calles, ¡alzar la voz!

Izar las banderas, dejar el miedo,
unirnos como pueblo, ¡alzar la voz!

Pentecostés es fuego y es viento, es energía y calor, es lo divino que empuja y crea, que eleva y visibiliza, que trae consigo la flor y también el fruto maduro.

Pentecostés es valentía, es hablar el lenguaje universal del amor, es congregación de “aquellos que pensamos parecido” para la construcción de una civilización nueva, justa y pacífica, es mirar más allá de partidismos y colores, de sexo y de religión, de edades y mil cosas que nos dividen para volver a unirnos como pueblo que camina en la historia.

Pentecostés es el hoy que necesitamos como humanidad para que tanta Babel de violencia, de desencuentros y de discordias queden superadas. Para que sea hoy posible caminar juntos conscientes de nuestro destino común como hombres y mujeres, construir juntos sin pretensiones de inmortalizar nuestros nombres sino en pos del bienestar de todos, vivir juntos en paz y en concordia desde nuestras distintas voces y colores.

Pentecostés es levantarnos del letargo y la sedación de las pantallas y de tantas cosas que nos tienen adormecidos, y salir al mundo real, con rostros reales, con abrazos, con miradas, con texturas, con sabores, con olores, con belleza y también con fealdad.

Pentecostés es dejar nuestras casas, salir a la calle, tomar partido por la humanidad vilipendiada, asociarme con otros y otras, patear el barrio, hablar con los vecinos, jugar con los niños, dar voz a las niñeces y adolescencias, construir comunidad.

Pentecostés es indignarnos y reclamar una y otra y otra vez contra tantas injusticias, es mirar de frente aquello que nos da asco de nosotros mismos como humanidad, es creer que podemos ser mejores y trabajar por ello, es alzar la voz de los que no tienen voz, es ser eco de verdades incómodas, es ser eco de los anhelos del corazón humano, es poner la voz pero también el cuerpo entero en el anuncio de una humanidad nueva, buena, justa, amorosa, digna, pacífica, hermanada.

Espíritu Santo, enciéndenos, levántanos,
despiértanos, anímanos.

Espíritu Santo, recréanos, congréganos,
envalentónanos, haznos comunidad.

Espíritu Santo, ¡alza nuestras voces!
Y que seamos el eco histórico de tu voz.