Al principio, antes que nada existiese, todo era tinieblas, vacío y sin forma alguna. Allí, antes que todo sea, El-que-es, el Eterno, danzaba.
Bailaban el Padre y la Palabra al ritmo del Espíritu; bailaban tres como si fuesen uno, porque uno son; bailaban bien acompasados, en total armonía y ritmo; bailaban compenetrados, implicados, entregados cada cual con el otro en la melodía de la eternidad.
En la danza eterna, la Palabra quiso cantar. Al Padre le pareció bien, y más que bien. Y también le pareció bien que otros bailen, y que haya fiesta y alegría, y música y cantos donde nada había.
Entonces la Palabra cantó y el Espíritu llevó su voz a las tinieblas, al vacío y a la informidad. La canción dijo “¡Qué exista!”. Y la luz venció a las tinieblas, el espacio y el tiempo al vacío, el cielo, la tierra y los seres vivientes a lo informe.
La canción se hizo universo, paisaje, tierra, fuego, aire, agua, luz, sonido, sabor, olor, tacto, vida. Y la Palabra quiso que otros también bailen y canten, como ella danzaba y cantaba en la eternidad del amor. Al Padre le pareció bien, y más que bien.
Entonces la Palabra volvió a cantar y el Espíritu sopló su melodía en el hombre y la mujer; abrió sus ojos y sus oídos, su mente y su corazón. La Palabra les regaló su voz y su danza. Y la Palabra cantó en ellos, el Espíritu bailó y el Padre se alegró con la alegría de los hombres.
Los hombres y mujeres aprendieron a contemplar las cosas creadas y con ellas danzaron, y a ellas cantaron. Más un día, un mal día, esos hombres y mujeres se olvidaron de quién les hizo bailar y cantar, y se creyeron dueños de la danza y de la música.
¡Triste fue la melodía y desafinada la armonía que se escuchó! ¡Descoordinados y torpes fueron los pasos de la danza! Toda la creación sufría por la altanería de los hombres. Y los hombres también, unos contra otros, querían imponer su propio canto y su propio baile.
Más la Palabra no dejó de cantar, ni el Espíritu de hacer resonar su melodía, ni el Padre de amar todo lo creado. Miles y miles de años la Palabra cantó en las voces de los hombres, en medio de otras voces que cantaban su propia canción. Miles y miles de años el Espíritu danzó en las vidas de los hombres, en medio de otras danzas que bailaban sus pasos. Miles y miles de años el Padre esperó deseoso que sus hijos e hijas vuelvan a su casa y a la fiesta que les tenía dispuesta.
Un día, un buen día, la Palabra quiso cantar con voz humana y bailar con pasos humanos para hacerles recordar esa primera y bellísima melodía que el Espíritu les regaló. Entonces el Espíritu bajó entre los hombres a buscar a aquélla que danzaba con la melodía de la eternidad, y que cantaba las maravillas de su Creador.
Bella y única entre todas las creaturas y todos los hombres y mujeres de la tierra, en ella el Espíritu se posó, y la Palabra se encarnó y habitó entre nosotros para que una voz humana cante y baile la divina y eterna melodía, y en esa voz cantemos y en ese baile dancemos, y retornemos a la vida, a la alegría y a la fiesta en la casa del Padre.
¡Feliz Navidad!
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