El Señor mismo les dará un signo.
Miren, la joven está embarazada
y dará a luz un hijo,
y lo llamará con el nombre de Emanuel (Is 7, 14)
Emanuel, “Dios-con-nosotros”, es más que un nombre. Es la síntesis del plan de salvación de Dios para con su pueblo y para toda la humanidad. Los nombres en la Biblia expresan no solo identidad sino misión. Es, de alguna manera, una identidad dinámica que se realiza en la historia en consonancia con el querer divino. Emanuel es el querer divino absolutamente historizado; es la historia divinizada y hecha salvación.
Emanuel, “Dios-con-nosotros”, es realización divina en el devenir histórico-humano. San Juan lo expresa bellamente en el prólogo de su Evangelio: “Al principio existía la Palabra… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,1.14). Dios-Palabra viene al encuentro. Es la primera Pascua, el paso del abajarse divino a la condición de creatura.
Él no espera que nosotros alcancemos prometéicamente el fuego divino; ya habíamos caído en ese terrible error que nos marcó y marca nuestra historia de pretender alcanzar el cielo con nuestras propias fuerzas. No podemos, no llegamos, no somos capaces de eternidad ni de plenitud. La historia sin Dios es caducidad, fatalidad, olvido, paso más o menos (in)consciente de lo que es y no será.
Dios no espera en un Olimpo inaccesible ni es espectador del trágico show del mundo. Dios es “el que está”: “en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 27-28). En él todo encuentra consistencia y sentido. Aquél que otorga sustento a todas las cosas asume en sí mismo toda la creación, y de modo absoluto su obra más preciada: el ser humano. Dios-Palabra se hace carne, niño, frágil, historia, cultura, mirada, oído, voz. Dios-Emanuel es con-en-entre nosotros; es el Dios-hombre quién no roba sino que porta, parte y reparte el fuego del Espíritu divino y divinizador.
Emanuel, “Dios-con-nososotros”, es la Voluntad salvífica que se realiza en Jesús. Jesús es Dios-en-la-historia. Él vino a habitar en nuestra tienda de campaña; Él vino a habitar en nuestra morada; Él vino para divinizar la historia.
Nosotros, antes que cualquier quehacer, hemos de contemplar el misterio desde la gratitud de lo inmerecido como lo hicieron José y María, los pastores, los magos, los animales del pesebre. Contemplar la Gloria que se abaja en el niño del pesebre. Entrar bajo su techo para solo estar con él. Dejar que él venga, que él abrace mi historia, que ilumine mi vida, que la llene de sentido, que divinice mi humanidad.
Adorar y glorificar a Dios-Emanuel es el no-hacer más urgente, dejando que él haga. Nuestra falsa humildad es pretender que no necesitamos de él, que bien podemos solos cuando lo que más necesitamos es hacerle lugar a Dios-en-nosotros. En este mundo secularizado y secularizante, en donde Dios entra también en los registros de venta y consumo, dejemos lugar a su presencia para que él, no nosotros, haga nuevas todas las cosas.
La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 9.14)

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