La palabra “redentor” en cristiano lo asociamos de modo directo a Jesucristo. Pero, ¿qué entendemos por redención, por redimir, por redimido? Más allá de una adjetivación, ¿somos capaces de ir más a lo profundo a fin de hacer de esta palabra una realidad vital y generadora de sentido?
En su terminología latina, redemptor es quién “compra (émere) de nuevo (re-)”, por lo que redención (y rescate) es la acción de pagar para ejecutar esa compra. Quién redime asume por otro su deuda, su cautiverio, su sufrimiento; se hace cargo por otro de aquéllo que lo esclaviza.
En los textos del Antiguo Testamento, el redentor está asociado al go’el o pariente cercano que asume en sí mismo la deuda y la vida misma de su familiar (cfr. Rut 4,1-8). Dios mismo se presenta como redentor de su pueblo, quién ha pagado por la liberación y se hace cargo de su vida y cuidado: “No temas [Israel], porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú me perteneces” (Is. 43,1).
Cuando detenemos nuestra mirada y pensamiento en Jesús, y leemos lo que los textos bíblicos dicen acerca de él, es patente que su identidad más profunda está íntimamente unida a la Redención. Él es Redención sin más.
La tradición cristiana más antiquísima ha asociado a Jesucristo Redentor a su muerte sacrificial en la cruz: “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús” (Rom 3, 23-24); “por la gracia de Dios, él experimentó la muerte en favor de todos” (Heb 2, 9). La pena máxima de la muerte, y todo el sin-sentido que en ella se manifiesta, junto con toda injusticia y pecado son pagados por quién se entregó en libertad y por amor.
Pero hemos de decir que no solamente la muerte de Jesús es redentora, ni que la redención ha de entenderse en un sentido solamente expiatorio. Jesús, en efecto, asume en sí mismo toda deuda, privación y esclavitud, pero esa asunción es en virtud de brindar al hombre una vida plena y libre; una vida divina.
Jesucristo es Redentor en toda su existencia para liberar al hombre en todo su ser. Dios en Jesucristo viene a tomar para sí toda la humanidad. No lo hace extrínsecamente, sino desde dentro. Esa es la única manera de salvarnos: la de un Dios que interviene en la historia, en el mundo, en la humanidad… haciéndose parte de esta historia, de este mundo, de esta humanidad.
“En todo semejante a nosotros” (cfr. Heb, 2, 17; 4, 15). La redención, la salvación, el rescate que nos trae Jesús no es solamente por la cruz, sino que necesariamente pasa por el pesebre, la pobreza, su vida oculta en un pueblo perdido, el trabajo silencioso como obrero itinerante, su oración, sus amistades, las comidas, sus gestos de amor y de sanación, sus enseñanzas, sus alegrías y tristezas, su cansancio, su mirada, su llanto, su compasión…
Jesús, Dios Hijo Salvador, nos dice a cada uno: “Tu miedo es mi miedo, tu ira es mi ira, tu amor es mi amor, tu sangre es mi sangre”. Él en su vida nos ha asumido. Y toda nuestra vida, en su vida, encuentra redención y sentido. Dios nos compró al altísimo precio de hacerse semejante a nosotros, para tender un puente de vida, para reconstituirnos en nuestra dignidad de hijos suyos, para devolvernos al seno de la familia humano-divina a la que pertenecemos. Jesús es quién redime (re-compra) y quién tiende el puente, el único puente por el que somos definitivamente salvados.
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